Dos días separan, en el calendario, la muerte del almirante y el nacimiento del Club de la Unión.
La mañana del 8 de octubre de 1879, frente a Punta Angamos, una granada chilena alcanzó la torre de mando del Huáscar y convirtió a un hombre de cuarenta y cinco años en un héroe. Desde entonces Miguel Grau lleva ciento cuarenta y siete años vaciado en bronce, impreso en billetes, repetido en nombres de colegios y avenidas, evocado cada octubre con esa solemnidad con que se recita una oración cuyo sentido se ha olvidado. Es el pacto que las naciones celebran con sus héroes: los rescatan de la muerte a cambio de quitarles la vida.
Y, sin embargo, antes del cañonazo, antes de la épica y de los textos escolares, hubo un ciudadano que se casó, crio hijos, frecuentó clubes, firmó proclamas y se sentó en un escaño del Congreso. Recuperar a ese hombre no disminuye al almirante: lo revela, además, como un ciudadano ejemplar.
El mar entró en la vida de Grau mucho antes que la gloria. Nacido en Piura en 1834 y ligado desde niño al puerto de Paita, aprendió el oficio en la marina mercante, entre cubiertas húmedas, cargamentos y tripulaciones de procedencias diversas, antes de ingresar a la Marina de Guerra en 1854. Hubo en esa juventud la paciente acumulación de destrezas que distingue a los profesionales de los improvisados.
En abril de 1867 se casó con Dolores Cabero y Núñez, con quien tuvo diez hijos. Conviene detenerse en esa cifra, que los homenajes suelen pasar por alto: diez hijos significan diez razones para no morir. Detrás del uniforme estaban las cuentas de una casa, las ausencias prolongadas, las cartas que tardaban semanas. Su bisnieto Fernando Grau lo recordó alguna vez como un hombre que se desenvolvía con naturalidad en los salones limeños, invitado a incorporarse al Club Nacional. Ignoramos cuándo ingresó y qué conversaciones sostuvo allí, y sería una impostura inventarlas.
Hay, además, un Grau político que el bronce ha silenciado casi por completo. En julio de 1872, cuando los hermanos Gutiérrez intentaron hacerse del poder por la fuerza, él suscribió con otros oficiales una proclama contra el golpe. Entre 1876 y 1879 representó a Paita como diputado. Es decir: el marino que murió defendiendo al Perú frente a una armada extranjera había defendido antes, con la pluma y con el voto, algo menos vistoso y acaso más frágil: el orden constitucional frente a sus propios compatriotas.
La historia dejó en la vida de Grau una coincidencia. En 1865 condujo al Callao la corbeta Unión, adquirida por el Perú en Europa. Tres años después, el 10 de octubre de 1868, figuró entre los fundadores de una asociación limeña que llevaría el mismo nombre. La tentación de unir ambos hechos con un hilo de intención es enorme; sin embargo, ningún documento prueba que el club se bautizara en homenaje a la nave ni que Grau propusiera el nombre. El historiador Ulrich Mücke admite que el sentido original de la denominación no está establecido y sugiere que pudo aludir a la cohesión peruana o americana frente a España, tras la guerra de 1866, o simplemente a la reunión social.1
Pero la palabra merece una reflexión más amplia. Una corbeta y un club parecen cosas de naturaleza opuesta: la primera es acero, carbón y pólvora; el segundo, sillones, periódicos y conversación amistosa. Y, sin embargo, ninguno de los dos funciona sin algo que no se ve. Un barco de guerra no navega porque tenga calderas, sino porque doscientos hombres creen en la misma cadena de mando y aceptan morir por ella. Un club no se reduce a su edificio ni a la elegancia de sus ambientes: cobra vida cuando sus socios hacen de sus estatutos una práctica cotidiana de respeto y convivencia.
Las naciones, las constituciones, las monedas y las instituciones pertenecen a esa misma especie de realidades: creaciones colectivas que existen porque muchas personas confían en ellas. Así ocurre también con la unión, la amistad, la camaradería y el respeto mutuo que se comparten en el club: conservan su fuerza mientras haya socios que los sostengan, y cada generación los recibe para renovarlos.
La memoria del propio club ofrece una lección. Durante mucho tiempo se le llamó «el club de los jóvenes», frente al Nacional, «el de los viejos».2 Mücke cuestiona que la oposición describiera una diferencia real de edades: muchos socios pertenecían a ambas instituciones, y Enrique de Armero, primer presidente de la Unión, había presidido antes el Nacional.1 La frase no es falsa ni verdadera; es memoria, y la memoria es también una construcción compartida que da identidad. Merece ser escuchada con afecto y examinada con rigor.
La reseña institucional del Club de la Unión inscribe entre sus fundadores a Miguel Grau, Francisco Bolognesi y Alfonso Ugarte. En 1868 eran tres hombres de edades, oficios y temperamentos distintos que compartían una pertenencia y, presumiblemente, algún salón. Bolognesi tenía cincuenta y un años; Grau, treinta y cuatro; Ugarte, veintiuno. Ninguno de ellos sabía que la guerra, una década más tarde, iba a unir sus biografías en una misma épica.
Grau no navegó hacia Angamos como quien cumple un guion. Bolognesi no llegó a Arica sabiendo que su respuesta del 5 de junio de 1880 —aquella negativa a rendir la plaza— sería recitada por generaciones; murió dos días después, defendiéndola, junto a Ugarte, que figuraba entre los jefes que lo acompañaron en aquella decisión. Y Ugarte, que no era militar de carrera, organizó un batallón de infantería y marchó a la campaña terrestre: un civil que eligió, pudiendo no hacerlo.
Sería falso concluir que aquellos tres formaron una cofradía inseparable. Nada lo prueba. Lo que sí puede afirmarse es, a mi juicio, más revelador: el heroísmo no cae del cielo en el instante decisivo. Se incuba en años de vida corriente, en la manera de cumplir la palabra empeñada, de tratar a los subordinados, de no firmar lo que uno no cree. Cuando llega la crisis, no hay tiempo para convertirse en otra persona: cada cual actúa como lo que ya era. Si el heroísmo fuera un milagro, nadie estaría obligado a él. Si, en cambio, es el fruto de una vida de deberes cumplidos sin público ni aplausos, entonces está al alcance de cada uno de nosotros.
El Grau que propongo recordar es menos espectacular y más exigente. Es el profesional que se formó durante décadas antes de comandar; el padre de diez hijos que no ignoraba lo que arriesgaba; el oficial que se negó a acompañar un golpe de Estado; el diputado que entendió que la República también se defiende en un hemiciclo; el socio que creyó que valía la pena reunirse con otros ciudadanos para sostener algo en común.
En un país que se ha acostumbrado a la fragilidad de sus instituciones y a esperar salvadores providenciales, esa lección tiene plena actualidad. Las repúblicas no se pierden en una sola batalla; se debilitan con pequeñas deserciones cotidianas: el funcionario que mira hacia otro lado, el profesional que antepone su conveniencia a su oficio, el ciudadano que renuncia a participar. Y se sostienen, del mismo modo, con miles de lealtades anónimas.
Este octubre, entre el aniversario de Angamos y el de la fundación del club, las ofrendas florales y las ceremonias conmemorativas pueden acompañarse de una pregunta dirigida a nosotros mismos: qué hacemos hoy, en tiempos de paz relativa, con la palabra empeñada, con el oficio y con las instituciones que heredamos.
Hace ciento cincuenta y ocho años, un grupo de ciudadanos —entre ellos Grau, Bolognesi y Ugarte— decidió que valía la pena reunirse bajo una palabra exigente: unión. Desde entonces, generaciones de socios y de directivos han custodiado esta casa, sus retratos, sus bustos y, sobre todo, su espíritu de encuentro. Cada vez que cruzamos su umbral, los rostros de quienes la fundaron nos ofrecen algo más que un recuerdo: una invitación a continuar su obra.
Honrarlos es mantener vivo lo que el club ha sido desde su origen: un lugar donde la amistad se une a la responsabilidad, donde la conversación enriquece y donde la pertenencia se expresa también en lo que cada uno está dispuesto a dar. Esa es la herencia que nos toca custodiar: una tarea compartida por directivos y socios, que se renueva con cada acto de responsabilidad, respeto y servicio.
Referencias
1 Mücke, U. (2010). Política y burguesía en el Perú: El Partido Civil antes de la Guerra con Chile. Instituto Francés de Estudios Andinos; Instituto de Estudios Peruanos. https://doi.org/10.4000/books.ifea.412
2 Angulo, J. (2023, 11 de octubre). El histórico ‘Club de La Unión’, el lugar que fue punto de encuentro de héroes y personajes ilustres que combatieron la ‘Guerra del Pacífico’. Infobae. https://www.infobae.com/peru/2023/10/11/el-historico-club-de-la-union-el-lugar-que-fue-punto-de-encuentro-de-heroes-y-personajes-ilustres-que-combatieron-la-guerra-del-pacifico/
