LA PALABRA QUE CONSTRUYE: BELAUNDE PARA ENTENDER EL PERÚ DE HOY

LA PALABRA QUE CONSTRUYE: BELAUNDE PARA ENTENDER EL PERÚ DE HOY

A propósito de Fernando Belaunde Terry. La palabra y la obra. Discursos y reflexiones para comprender el Perú (Fondo Editorial USIL, 2026)

Habían salido de Chiclayo a medianoche y, al amanecer, después de cruzar la cordillera por el abra de Porculla —el paso más bajo de los Andes—, se detuvieron en una fonda de camioneros para tomar un encebollado. Desde el fondo del comedor, un hombre del pueblo miraba al viajero con insistencia; lo había reconocido por una foto de los periódicos. Belaunde lo invitó a su mesa. Era un arriero que bajaba ganado de las serranías de San Felipe a los arenales de Olmos y que, entre bocado y bocado, se atrevió a corregir el proyecto de irrigación diseñado por un eminente ingeniero norteamericano. “Las he recorrido todas a pie —dijo de aquellas quebradas—, y he contado los pasos”. Según sus cálculos, los cuarenta kilómetros de canales y túneles podían reducirse a la mitad. Belaunde, en lugar de sonreír con condescendencia, se quedó a recorrer el terreno con él y bautizó la propuesta como la “Variante de Tasajeras”.

La anécdota, que ahora recoge Fernando Belaunde Terry. La palabra y la obra, contiene en miniatura todo un modo de entender el país. “Aun en el villorrio más humilde —concluyó— se encuentran ciudadanos capaces y activos”. Es una frase que encierra en sí misma, hasta la actualidad, una teoría política.

El libro, compilado por Raúl Diez Canseco Terry y Víctor Andrés García Belaunde y presentado el 7 de octubre en el auditorio Augusto Ferrero Costa de la Universidad San Ignacio de Loyola, reúne más de medio siglo de palabra pública, de 1945 a 2001: discursos, mensajes a la nación, cartas del destierro, crónicas de viaje. Su propósito, dicen los compiladores, es “permitir que sea Fernando Belaunde quien explique a Fernando Belaunde”. Leído en el Perú de 2026, consigue algo más: que Belaunde nos ayude a explicarnos a nosotros mismos.

No se trata de nostalgia. La vigencia de Belaunde reside en una concepción de la política que unía la legitimidad del poder a la confianza en el ciudadano, la integración del territorio y el respeto a las instituciones. Sus gobiernos mostraron también que ninguna visión de país se sostiene solo con discursos si el Estado no es capaz de producir resultados. Esa tensión entre ideales, realizaciones y límites históricos es la que vuelve su trayectoria relevante para el Perú de 2026.

Hay libros que retratan a un Belaunde estadista de cuerpo entero y otros que lo sorprenden en mangas de camisa. Esta obra hace las dos cosas. Rafael Belaunde Llosa, el mayor de sus nietos varones, vivió casi ocho años con el expresidente y con Violeta Correa en los noventa del siglo pasado. Cuenta que no tenían ayuda doméstica, que por las noches los tres ponían juntos la mesa y que, cuando el muchacho remoloneaba, el abuelo lo despachaba con un aforismo: “Si no vas a ayudar, no estorbes”. O este otro, que debería estar impreso en cada oficina pública: “Si quieres ser bien servido, sírvete tú mismo”.

Su nieta Macarena recuerda que, siendo niña, le rogaba que invitara a Michael Jackson a Palacio (hoy sería BTS), y que el presidente le explicaba con paciencia que había asuntos más importantes. La escena es risueña, pero encierra una lección: gobernar es elegir prioridades.

De esos retratos emerge una personalidad hecha de austeridad, puntualidad y cortesía. En diez años de mandato, escribe él mismo, no pasó más de dieciocho días fuera del país. Después del poder, quiso ser un ciudadano más: ir al supermercado, caminar por el malecón, visitar los conjuntos habitacionales que había construido, sin escoltas ni aspavientos. Esa sencillez no es un detalle; es una forma de entender el servicio público.

El libro es también la crónica de una vida que conoció todos los rostros del poder. Está el preso político de El Frontón, que en esa “Sorbona del delito” escucha a los reclusos como un maestro que aprende de la vida. Cuando algunos se le ofrecen como guardaespaldas, responde con una frase que hoy suena a profecía: “¡El que necesita hoy un guardaespaldas es el Perú!”.

Está el presidente que, ante un Parlamento adverso, se negó a cerrarlo. Y está el desterrado del 3 de octubre de 1968, que desde la embajada en Buenos Aires envía un télex a sus ministros: “No he solicitado asilo porque mi sitio está y estará, hasta el 28 de julio de 1969, en Palacio de Gobierno”. Semanas después escribe en la revista Life la que quizá sea la página más hermosa del volumen: “Soy un peregrino de la libertad. Pago por ella el precio del exilio”. Y cierra con un adagio que merece memoria: “La libertad es como la cruz: entera es un símbolo; partida, un pedazo de madera”.

Doce años después volvió sin rencor. Devolvió los medios de comunicación a sus propietarios el mismo día en que asumió el mando y, en 1985, entregó el poder a Alan García resumiendo sus gobiernos en tres palabras —“libertad, tierra y techo”— y en una declaración de principios: “No conozco otro camino, ni deseo buscarlo”.

El título del libro invita a una pregunta: ¿hasta qué punto la obra acompañó a la palabra? En lo material, la coherencia es visible. La Marginal de la Selva abrió la ceja de selva y dio origen a lo que él llamó “el milagro sanmartinense”; Cooperación Popular tradujo la antigua minka en caminos vecinales, aulas y canales de irrigación; la elección popular de alcaldes devolvió a los pueblos su voz. En “Perú, país de cumbres y de abismos”, el balance que escribió en 1994 y que abre el libro, Belaunde atribuye a sus dos gobiernos un aumento de 62 % en la energía eléctrica instalada y más viviendas de interés social que en todo el resto de la historia republicana. Son cifras del propio protagonista, que la investigación podrá precisar, pero la dirección del esfuerzo es clara.

El camino tuvo también sus límites. En el primer gobierno, la falta de mayoría parlamentaria condicionó la reforma agraria de 1964, las finanzas públicas desembocaron en la devaluación de 1967 y el conflicto petrolero de La Brea y Pariñas fue invocado por quienes interrumpieron el orden constitucional en 1968. El segundo gobierno heredó una deuda que, según el propio Belaunde, absorbía la mitad de las exportaciones; a ello se sumaron la crisis de la deuda latinoamericana y El Niño de 1983, y la inflación, que era de 59 % en 1980, superó el 160 % en 1985. Frente a Sendero Luminoso, el gobierno encargó desde diciembre de 1982 la conducción de la lucha en Ayacucho a las Fuerzas Armadas. La decisión respondió al agravamiento de la violencia y la experiencia reveló las dificultades del Estado democrático para combatir la subversión sin comprometer los derechos que estaba obligado a proteger.

El libro alude a estas dificultades —Belaunde habla de “lo imprevisto” y su hijo Rafael reconoce que la conquista del Perú por los peruanos sigue siendo “un objetivo esquivo y distante”. Por eso conviene leerlo como lo que es: una fuente valiosa, que se enriquece con otras miradas. El Belaunde que surge de esa lectura es más humano y cercano: un demócrata convencido que enfrentó, en circunstancias muy adversas, la distancia entre el ideal y lo posible.

Lo sorprendente de estas páginas es que parezcan escritas para nosotros. El Perú que las lee hoy ha tenido ocho presidentes en diez años, eligió en junio último a su gobernante por menos de cincuenta mil votos y estrena un Congreso bicameral que aún busca su manera de dialogar con el Ejecutivo. No se trata de oponer un pasado ideal a un presente difícil: el Perú de Belaunde también conoció inestabilidad, inflación, un golpe de Estado y la violencia. El libro no ofrece recetas, sino cuatro lecciones.

La primera es pensar desde lo propio. En “Una doctrina de dos sílabas”, Belaunde se negó a elegir entre Washington y Moscú (hoy, entre Washington y Pekín) entre derechas e izquierdas, porque esa disyuntiva le parecía ajena a naciones herederas de “civilizaciones inmortales”. Su respuesta fue una palabra de dos sílabas: Perú. En un país que suele dividirse en mitades, esa invitación conserva toda su fuerza.

La segunda es confiar en el ciudadano. El arriero de Porculla sustenta su defensa de los municipios elegidos. “Si a los incas se les hubiera ocurrido centralizar en el Cusco la designación de autoridades locales —escribió—, su poder no se habría extendido muy lejos”. La lección para la descentralización, que se ha vuelto sinónimo de burocratismo y derroche, es sencilla: escuchar antes de planificar.

La tercera es la paciencia institucional. Belaunde soportó un Congreso hostil sin cerrarlo, y prefirió “el sacrificio del destierro al oprobio de la dictadura”. Su ejemplo interpela a la vez a los dos poderes de hoy: al Legislativo, que ha hecho de la vacancia un deporte, y al Ejecutivo, que siente la tentación de impacientarse con los contrapesos. Ambos encontrarán en estas páginas la misma advertencia: cuando los políticos debilitan las instituciones para ganar una partida, siempre aparece alguien dispuesto a quedarse con el tablero.

La cuarta es la seguridad como deber democrático. Aquella frase de El Frontón se ha vuelto literal en un país donde la tasa de denuncias por extorsión se multiplicó por más de seis entre 2019 y 2025, de 11,5 a 77,8 por cada cien mil habitantes, según el reporte de los ministerios del Interior y de Justicia publicado en julio de 2026.1 Pero el mismo Belaunde recordaba que la libertad solo vale entera. Proteger al ciudadano sin recortar sus derechos sigue siendo el gran desafío.

Juntas, estas lecciones apuntan a una idea: lo que más necesita el Perú de hoy es recuperar la confianza, la del ciudadano en sus representantes, la de los poderes del Estado entre sí, la de las regiones en Lima. Belaunde construyó su proyecto sobre ella y sabía que no se decreta: se gana con resultados.

Belaunde decía que no se consideraba escritor. Tenía razón solo a medias. Entendió que la palabra pública es una forma de construcción y que un discurso puede levantar un país. Por eso preparaba sus mensajes como un arquitecto sus planos, y por eso su palabra ha resistido mejor que muchas obras de cemento. Los discursos, cuando son verdaderos, envejecen más despacio.

Al despedirse de Palacio en 1985, prometió bajar las gradas “no para alejarme, sino para estar más cerca de ti, más cerca de tus dolores y de tus esperanzas”. Este libro cumple, a su manera, aquella promesa. Nos devuelve a un hombre que, desde el poder, la cárcel o el destierro, no le habló al país como a una multitud a la que había que persuadir, sino como a ciudadanos capaces de comprender, discrepar y participar en su construcción. Es así como se le habla a una nación: con respeto, con exigencia y con esperanza.

  1. 1 Primer reporte estadístico sobre la extorsión, Minjusdh y Mininter, El Peruano, 25 de julio de 2026.